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Dolor ajeno: Empatia emocional y psicopatia (Insula) Christian Keysers

Los últimos hallazgos de la neurociencia demuestran que demasiada empatía puede alterar nuestro equilibrio emocional e incluso hacernos enfermar. Es un sentimiento tan potente que nos paraliza, nos hunde.
¿La solución? Hay que dosificarla. Y, sobre todo, hay que aprender a canalizarla. No, no piense que para evitar los efectos secundarios de la empatía debemos convertirnos en unos egoístas redomados y hacer oídos sordos al dolor ajeno. Los tiros no van por ahí…
La clave es convertir la empatía en compasión. Aunque antes conviene saber en qué se distinguen, pues no siempre está claro. Olga Klimecki, investigadora del Centro de Ciencias Afectivas de la Universidad de Ginebra, explica. «A diferencia de la empatía, la compasión no consiste en compartir el sufrimiento de otra persona, sino que se caracteriza por sentimientos de calidez y cuidado del otro, así como por una fuerte motivación para mejorar su bienestar. La compasión es sentir algo por alguien, no sentir algo con alguien».
Christian Keysers, del Instituto de Neurociencias de Ámsterdam, afirma que el nivel de empatía de cada persona puede modularse. En 2014, Keysers experimentó con psicópatas. El investigador midió la reacción de su cerebro ante la visión de fotos de personas que estaban experimentando dolor. Al principio, las regiones asociadas a la empatía mostraban una actividad mucho menor que en gente sana. Pero después les pidió que hiciesen un esfuerzo consciente por empatizar, y los resultados se aproximaron a los de la media. «Incluso cuando el estado normal de tu mente ante el sufrimiento de los demás es off, puedes encenderlo si lo deseas». Por tanto, la empatía y la compasión se pueden ‘entrenar’ para conectarse emocionalmente a los demás, como ha demostrado Tania Singer con monjes budistas. Pero también para desconectarse.
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